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A 50 años del golpe, la memoria no es un ritual: es una advertencia

El 24 de marzo no es una fecha más en el calendario argentino. Es una herida que no termina de cerrar, una pregunta que incomoda y una responsabilidad que no se negocia. Hace medio siglo, el país entró en la noche más oscura de su historia con el Golpe de Estado en Argentina de 1976, encabezado por Jorge Rafael Videla y la junta militar que instaló el terrorismo de Estado como método sistemático.

A partir de entonces, la palabra “desaparecido” dejó de ser una abstracción. Se volvió nombre propio, ausencia concreta, mesa incompleta. Miles de argentinos fueron secuestrados, torturados y asesinados en centros clandestinos como la ESMA, convertida hoy en símbolo de memoria y denuncia. No fue un exceso ni un error: fue un plan.

Cincuenta años después, el riesgo no es el olvido absoluto —porque la memoria colectiva resiste—, sino la banalización. El intento de relativizar, de discutir cifras como si fueran estadísticas frías, de hablar de “dos demonios” para diluir responsabilidades. La historia no es neutral: hubo un Estado que secuestró, torturó y desapareció personas. Y hubo una sociedad que, con miedo, silencio o complicidad, permitió que eso ocurriera.

Pero también hubo resistencia. Madres y Abuelas que transformaron el dolor en lucha, que caminaron cuando nadie se animaba, que exigieron lo imposible: verdad y justicia. Gracias a ellas, y a una democracia que supo —con avances y retrocesos— sostener los juicios, Argentina es hoy un ejemplo en el mundo en materia de derechos humanos.

El informe Nunca Más no es solo un documento: es un espejo incómodo que el país debe mirar una y otra vez. Porque el “Nunca Más” no es una consigna vacía, es un compromiso activo que se pone a prueba en cada generación.

Hoy, a 50 años, la memoria no puede ser solo conmemoración. Tiene que ser presente. Porque cuando se naturaliza la violencia, cuando se desacreditan las instituciones, cuando se instala el odio como lenguaje político, la historia empieza a hacer eco.

Recordar no es quedarse en el pasado. Es entender que lo que ocurrió puede volver a ocurrir si se bajan las defensas de la democracia. Por eso, el 24 de marzo sigue siendo incómodo. Y está bien que lo sea.

Porque hay fechas que no buscan paz, sino verdad. Y la verdad, en Argentina, todavía exige ser defendida.

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