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Locales Lunes 12 de Octubre de 2026

Gisela Andino, dos veces frente al cáncer: la importancia de los controles y la detección temprana

A los 34 años, Gisela Andino atravesó un nuevo desafío de salud: el cáncer de mama. Después de haber superado anteriormente un cáncer de tiroides, enfrentó dos años de tratamiento, seis ciclos de quimioterapia y un proceso que puso a prueba su fortaleza física y emocional. Hoy, con controles periódicos y una nueva oportunidad para disfrutar de la vida, comparte su historia para concientizar sobre la importancia de la detección temprana.

Su camino comenzó mucho antes del diagnóstico. Desde los 25 años, Gisela se realizaba controles mamarios anuales, motivada, en parte, por las dudas sobre posibles antecedentes familiares de cáncer. Fue después de amamantar cuando, durante uno de esos chequeos, le detectaron un nódulo que inicialmente no presentaba características de malignidad.

Sin embargo, la constancia en los controles permitió advertir que algo había cambiado. Tras una nueva revisión, estudios complementarios y el seguimiento médico correspondiente, se confirmó que el nódulo era maligno.

Gisela no había notado ninguna anomalía en su cuerpo. El tumor estaba ubicado detrás del pezón y no lograba identificarlo mediante el tacto. Fue a través de las mamografías, ecografías y resonancias mamarias que pudo conocerse la dimensión del problema.

“Solo sabía que existía gracias a la mamografía”, recordó, al destacar la importancia de realizarse los estudios médicos incluso cuando no aparecen síntomas visibles.

Una vez confirmado el diagnóstico, comenzó un proceso de estudios y consultas con especialistas para determinar el tratamiento más adecuado. En su caso, se identificó un cáncer de mama HER2 positivo, por lo que debió atravesar seis ciclos de quimioterapia, acompañada por su obra social, que —según relató— estuvo presente durante el proceso.

La quimioterapia trajo consigo importantes cambios físicos. El agotamiento, la caída del cabello y las modificaciones en el peso fueron algunas de las consecuencias que debió afrontar. La pérdida del pelo comenzó apenas diez días después de la primera sesión, en uno de los momentos más difíciles de su tratamiento.

“Es el momento en donde una, al verse en el espejo, no se encuentra”, expresó al describir una experiencia que también impactó en su entorno familiar.

A los cambios físicos se sumaron las limitaciones cotidianas. Durante el tratamiento, tuvo que extremar los cuidados para evitar infecciones, proteger sus defensas y llegar en las mejores condiciones posibles a cada nueva sesión de quimioterapia. También debió reducir los encuentros sociales y modificar hábitos, en una etapa en la que la contención de su familia y sus amistades resultó fundamental.

No era la primera vez que Gisela enfrentaba una enfermedad oncológica. Anteriormente había atravesado un cáncer de tiroides, una experiencia que también dejó consecuencias permanentes y la necesidad de recibir medicación de por vida.

Pese a todo, encontró en la constancia, el acompañamiento y las ganas de salir adelante las herramientas para continuar. Reconoció que, aunque recurrió a la asistencia psicológica, una de sus principales motivaciones fue el deseo de terminar el tratamiento y dejar atrás la preocupación que la enfermedad había generado en toda su familia.

Fueron dos años de espera, estudios y cuidados hasta llegar al momento que tanto había esperado: recibir la confirmación de que ya no había signos de la enfermedad.

“Fue lo mejor que me pudieran decir que estaba todo bien y que ya no había más nada”, recordó emocionada. Actualmente, continúa con controles médicos cada seis meses, una instancia fundamental para seguir cuidando su salud.

Después de atravesar dos cánceres, Gisela reconoce que la experiencia le dejó aprendizajes profundos. Valora la posibilidad de volver a viajar, disfrutar de las salidas y compartir momentos que durante el tratamiento debían quedar en pausa. También destaca la importancia de contar con una red de apoyo y de respetar los tiempos y las maneras en que cada persona transita la enfermedad.

Su historia también pone el foco en una realidad que observa cada vez con mayor preocupación: la presencia de mujeres jóvenes que reciben diagnósticos de cáncer de mama. En los pasillos de las clínicas, contó, se encontró con pacientes de distintas edades y con cada vez más mujeres jóvenes atravesando situaciones similares.

Por eso, en el marco del Mes Rosa, Gisela dejó un mensaje para todas las mujeres: no postergar los controles, consultar ante cualquier duda y buscar acompañamiento si el miedo se convierte en un obstáculo para realizarse los estudios.

“Que no se dejen estar, que, si tienen dudas, le pregunten a su médico. Si les da miedo, que busquen a alguien que las acompañe a hacerse los estudios. Nunca está de más preguntar, nunca nadie sabe qué es lo que tiene. El cuerpo es un misterio”, expresó.

Y cerró con una frase que resume su recorrido y el mensaje que hoy busca transmitir: “Y que se puede”.

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